El primer día… las primeras impresiones

Rennes es una ciudad pequeña, así que tardo en llegar a la universidad en metro desde la estación apenas 10 minutos. Además, es la ciudad más pequeña del mundo en tener una línea de metro. Eso sí, el vagón es pequeño, pero apañado y cumple su función a la perfección. Hoy hace frío pero yo voy acalorada ya desde el principio. Llego y me dicen que no hay nadie en relaciones internacionales, que no abren hasta las 14h. Vaya, si lo sé no madrugo tanto. Mientras van llegando más Erasmus en la misma situación que yo, así que llaman a una voluntaria que nos acompaña a hacer el papeleo de la residencia universitaria… Pues yo que pensaba que iba a ser más complicado. Solo me falta un seguro de incendio y varias otras catástrofes más para estar sana y salva en mi minúscula habitación de 9 m2.

Creo que nos han adjudicado el edificio más feo del campus, pero menos es nada. 140€ al mes (sin contar con la ayuda que el 99% de los estudiantes obtiene y que mejora aún más este preci0) perdona el edificio feo y la habitación pequeña. La primera impresión es bastante escéptica. Voy acompañadas de dos alemanas y una australiana. La australiana casi se desvanece cuando ha visto la habitación, y las alemanas muy acordes con su personalidad recia y educada, han sonreído tímidamente. La habitación es una mierda, las cosas como son, hay polvo, los muebles son viejos y hace frío. Pero es lo que hay, un par de velitas, algún toque de color, y ya tenemos nuestro hogar de los próximos 4 meses.

Vuelvo al hotel que dejé esta mañana en busca de mis maletas. Ahora toca aprovisionamiento: primera parada Ikea y segunda el supermercado. Como he venido en avión no me he podido traer más que la ropa, y justa. He tenido que comprar pues todo lo necesario: edredón, sábanas, almohada, alfombra, manta, etc… Y en el supermercado de momento, mucho producto pre-cocinado. Cada uno tiene que tener sus propios utensilios de cocina, y por hoy el gasto ya es considerable teniendo en cuenta que hemos pagado dos meses de residencia. Así que resistimos la tentación de comprar las sartenes de ikea a 1€, aunque poquito nos ha quedado. Así que de momento lo básico, aún así hemos venido cargadas como mulas. Menos mal, que Anne, una de las alemanas ha venido en coche con su novio y nos ha ofrecido el traslado, mucho más cómodo y rápido que en el autobús.

De vuelta a la residencia. Resulta que el wifi es de pago. 20€ al mes por acceso ilimitado. Si vas sumando, entre la mensualidad, Internet, gastos en lavandería, comidas, etc… ¡Esto de ser Erasmus no sale nada a cuenta! Seguro que es sugestión, los primeros días resultan los más “caros”, luego, afortunadamente, el ritmo baja en picado.

Resulta que se me ha olvidado comprar la sábana ajustable para la cama, y yo sin ella no pienso dormir, así que me surge la excusa perfectamente para ir a explorar el centro de la ciudad. Me bajo en la estación Sainte Anne (5 minutos de trayecto. Qué maravilla! Casi como en Madrid!), y me quedó de piedra. Incluso nublada la ciudad es preciosa. Empiezo a ver esas casas con las vigas de madera por fuera que son tan típicas de aquí (al parecer… ya me iré informando). Algunas casas están tan torcidas que parece que se van a caer, pero no, ahí están aguantando el tipo y por lo que parece llevan bastantes años aguantándolo. Hay mucho ambientillo en la calle, y eso que es lunes y muchos comercios cierran. Se nota que estoy en Francia. No puedo explicar porqué pero se nota que estoy aquí. Aunque cada ciudad de este país que he podido visitar es diferente, tiene una esencia común, inexplicable que te hace saber que estás en Francia.

Y eso me gusta, que para eso estoy yo aquí. Oigo hablar francés por todas partes, por supuesto y mientras camino por las calles empedradas, empiezo a pensar en lo que tengo que hacer y lo que me queda por comprar, y lo hago en francés. Sólo me falta dar saltos de alegría, pero delante de toda esta gente me da un poco de vergüenza.

Son las 8 de la tarde cuando vuelvo a la residencia. No he parado en todo el día, de un lado para otro, sin apenas comer nada a parte de un sándwich “jambon beurre” (osease tan simple como jamón de York entre pan y pan huntados de mantequilla, que a los franceses les encanta, y la verdad, esto no sé porqué será). Paula toca a mi puerta. Me trae tres de los seis vasos que hemos comprado a medias. Yo le doy la mitad de mi cubertería de plástico amarilla muy chula que he encontrado a buen precio para que vaya tirando. Y me voy a la ducha tan contenta, y satisfecha por haber sobrevivido a un día largo y duro de papeleo, de idas y venidas, y de nuevos encuentros. Tanta suerte tengo que las duchas las tengo en frente, los baños en la puerta de al lado a la izquierda, y la cocina en la puerta de la derecha. Perfecta localización. Ya estoy instalada en la habitación 714, las maletas desechas, la balda llena de comida, ya solo me queda contratar la conexión a Internet para irme a la cama a gusto. Ceno un suculento sándwich preparado del super, y la mitad del taboulet que no me he podido resistir a comprar y que tanto he echado de menos. Mañana más y mejor.

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